Centro de desintoxicación – Lo que hay que saber sobre el alcohol

El alcohol es una sustancia muy tóxica. Es una droga depresora del SNC (sistema nervioso central), incide sobre el cerebro y altera algunas de sus funciones, como la coordinación, la atención o la memoria. Su uso continuo afecta a otros órganos como los riñones, el hígado o el sistema circulatorio. Desde que se toma el último trago hasta que se alcanzan las concentraciones máximas en el organismo pueden pasar entre media hora y una hora, en algunos casos más. Cuando el etanol alcanza el cerero, actúa como un depresor primario y continuo del SNC. La estimulación aparente es en realidad un resultado de la depresión de los mecanismos de control inhibitorio del cerebro.

Como en la mayoría de las drogas, sus efectos dependen de la dosis. Los centros superiores se deprimen primero afectando al habla, pensamiento, cognición y juicio; a medida que la concentración de alcohol aumenta, se deprimen también los centros inferiores, afectando la respiración y los reflejos espinales hasta llegar a la intoxicación alcohólica, que puede provocar un estado de coma.

Las personas que suelen atribuirle al alcohol un aumento de su capacidad mental verificable en su capacidad de hacer mejor ciertas cosas, están equivocadas. Lo que sucede es que, bajo los efectos del alcohol, estas personas gozan de un lapsus de desinhibición provocado por la depresión de mecanismos inhibitorios.. Al disminuir la inhibición, los mecanismos de control momentáneamente ceden paso a la excitación, pero este estado lleva a una depresión mayor.

A nivel psicológico, las dosis bajas producen la sensación de elevar el ánimo y de crear un estado de relajación.

A nivel físico, un poco de alcohol aumenta la frecuencia cardíaca, dilata los vasos, irrita ligeramente el sistema gastrointestinal, estimula la secreción de jugos gástricos y a producción de orina. Las dosis medias alteran el habla, el equilibrio, la visión y el oído, se tiene una sensación de euforia y se pierde la coordinación motora en sus detalles, por lo que ya no es aconsejable conducir un vehículo o manejar maquinaria. A dosis altas, los síntomas anteriores se agudizan y se alteran las facultades mentales y del juicio.

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Si la persona continúa bebiendo, puede llegar a la pérdida del control motor y a una total confusión metal.

A partir de aquí, viene la inconsciencia, el coma profundo y la muerte por depresión respiratoria.

El consumo abusivo de alcohol lleva siempre, más tarde o más temprano, a provocar gastritis, irritar el estómago, producir daños al corazón e insuficiencia cardíaca, daña el hígado, con la conocida cirrosis debido a la pérdida de células hepáticas y, por tanto, a la falta de producción de bilis. Todo ello lleva a la mala digestión, pérdida de peso, etc.

No es infrecuente que los alcohólicos sufran el síndrome de Korsakoff, que consiste en un cuadro psicótico caracterizado por la pérdida de la realidad.

En las embarazadas, el abuso de alcohol puede llevar a afectar gravemente al feto, produciendo malformaciones, retraso mental irreversible o síndrome de alcoholismo fetal.

El uso continuado y habitual de alcohol conlleva tolerancia y produce una dependencia física muy intensa, de modo que el bebedor habitual, en cuanto deje de hacerlo, sufrirá una serie de manifestaciones que van desde los cuadros de ansiedad, temblores, irritabilidad, etc, hasta el delirium tremens, que consiste en una psicosis orgánica grave que puede provocar la muerte.

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