Salud mental: la sociedad infantilizada

 Al no hacerse adultos, los miembros de nuestra sociedad apenas alcanzan las cualidades de los adultos. Por otra parte, las cualidades infantiles degeneran en variantes cada vez menos resueltas. Decía C.G. Jung: ‘La humanidad sigue, desde el punto de vista psicológico, en un estado de infancia…’

Hoy se ven por doquier indicios de la existencia de sociedades infantiles. En este contexto, resalta el modelo del eterno adolescente, de gran cotización en nuestra sociedad infantil.

Una versión especialmente modesta del eterno adolescente la encarnan los playboys y también algunas playgirls, teniendo mucho más éxito en la versión masculina. El imperio surgido en torno a la revista Playboy demuestra con su éxito cuántos hombres se han quedado en este plano. La vida entera es comercializada aquí como un emocionante juego superficial. Los juguetones ven ante todo en las mujeres compañeros de juegos, en realidad juguetes; unas relaciones responsables con consecuencias de largo alcance están lejos de su mente. Sin embargo, sólo una pequeña parte de los cientos de miles de de lectores de la revista se adhieren realmente a ese modelo. La gran mayoría de los lectores, sobre todo masculinos, tienen relaciones estables desde hace mucho, pero sueñan secretamente con ese retorno a la irresponsabilidad hedonista. Significativamente, la playgirl no ha tenido éxito ni como revista ni como modelo social. Las revistas llenas de hombres desnudos jamás tuvieron éxito entre las mujeres, y sólo han podido sobrevivir por la activa demanda de los homosexuales. Para las mujeres, es menos atractivo quedarse en este escalón infantil: por una parte, porque disponen de mejores oportunidades o rituales para hacerse adultas; por otra, porque esta sociedad puede sacarle algo a los juguetones de mediana edad, mientras las juguetonas de mediana edad resultan embarazosas en su infantilismo incluso a los hombres poco conscientes. Naturalmente, si se mira con sinceridad lo que hay detrás, también los playboys que han llegado a la mitad de la vida despiertan compasión.

El infantilismo de esta sociedad también se muestra en sus costumbres y especialmente en la televisión, el medio de comunicación mayoritario. Cada vez más personas ven cada vez más televisión y programas cada vez más infantiles. Lo que se ofrece es cada vez más infantil y uniforme. Especialmente el género del cine de acción, que fascina a debiluchos físicos y mentales, requiere un ánimo particularmente infantil. En cambio, la oleada de películas de terror nos muestra la nostalgia primigenia de miedo y espanto. Y mediante videojuegos y juegos de ordenador, los niños y los que lo siguen siendo, pueden entregarse a los más variados viajes heroicos.

Otro amplio y rico campo de indicios de infantilidad inconsciente lo representa nuestra forma de comer. La propia oferta alimenticia revela cada vez más la influencia del gusto infantil. Las frutas y verduras tienen un aspecto cada vez más bello, grande y carente de gusto, pero también el resto de los alimentos se disponen de forma seductora, mediante color y decoración. El gusto sigue siendo algo secundario si el aspecto es atractivo. Aquí se refleja de manera muy drástica un tema de nuestra sociedad para la que la forma externa es cada vez más importante y el contenido cada vez menos.

En los restaurantes de nuestro tiempo esto se expresa de forma más brusca aún: su mismo nombre es un escarnio ¿Cómo va a encontrar descanso (en inglés rest) un hombre en un restaurante de comida rápida y cómo podría reponer fuerzas de pie y a toda prisa? Se trata de alimentación infantil para niños grandes, a los que no les gusta masticar, sino que prefieren tomarlo todo sin estructura, pasado y en forma de flan… Lo principal es que se trague bien. En las bebidas se da una situación análoga, pues detrás de todas las limonadas hay sustancialmente agua con azúcar y colorantes; no apagan la sed sino que satisfacen durante un breve plazo las necesidades infantiles.

 

Similarmente infantil resulta cada vez más la moda. Los adolescentes prestan menos atención al material de sus ropas que a las marcas, impresas en letras especialmente gruesas y bien visibles.

Y en ese entorno de cosas podría tener también su raíz la impresionante predilección de las personas de sociedades sin cultura por los deporte de riesgo.

Junto a estos signos más bien divertidos de infantilismo colectivo, hay también una serie de fenómenos menos graciosos que revelan intentos entre dudosos y temibles, y a menudo peligrosos, de llegar a ser adulto y demostrarse cosas a sí mismo. Algunas veces el peligro de adición resuena ya en todos los intentos, necesariamente condenados al fracaso, de alcanzar el objetivo correcto con medios inútiles.

También es peligroso el intento de aprender el temor saliendo a las carreteras nada más ser admitido en la sociedad del automóvil a través del examen de conducir.