Centro de adicciones – Las drogas y la guerra

En la guerra siempre se han usado drogas. Lukasz Kamienski, profesor de la Facultad de Estudios Políticos e Internacionales de la Universidad Jaguelónica de Polonia explica en su libro, ‘Las drogas en la guerra’ (Crítica), la historia social, cultural y política del uso de esas sustancias en el campo de batalla. Afirma, por ejemplo, que la victoria británica en El Alamein tuvo que ver con el uso de la bencedrina y la de los marines en Tarawa con el speed. Según Kamienski, Bismarck era un asiduo morfinómano y John F. Kennedy se inyectaba dexedrina e iba colocado de speed durante la crisis de los misiles cubanos.

Como afirma el libro, los combatientes de todas las épocas y clases sociales han recurrido a alguna sustancia psicoactiva para envalentonarse: ‘La guerra es en buena medida inseparable de las drogas y la propia guerra es una droga’.

Por eso a lo largo de la historia encontramos referencias a plantas mágicas y a todo tipo de sustancias tóxicas que ayudan a los guerreros en la lucha, haciéndolos mejores combatientes, paliando los efectos físicos o psicológicos del combate, y haciéndoles más soportable el tedio que a veces provoca la guerra.

Centro de adicciones – Las drogas y la guerra

Kamienski argumenta que la práctica de colocarse es entre los que combaten tan vieja como la propia guerra, y analiza el “subidón” bélico bajo varios aspectos: las drogas recetadas por las propias autoridades militares y distribuidas por ellas, las autorrecetadas por los combatientes, y las utilizadas como herramientas de guerra (desde el uso por los caldeos de humaredas de cáñamo indio para embotar al enemiga, hasta los planes estadounidenses durante la Guerra Fría para lanzar una lluvia de LSD sobre las tropas soviéticas, aunque no menos fantasiosos han sido proyectos posteriores de EE UU como el de bombardear con feromonas a las fuerzas enemigas para descontrolar sexualmente a los soldados o el de usar viagra con los integrantes de las fuerzas especiales para hacerlos más agresivos).

Kamienski destaca el uso del alcohol como la droga más popular de cuantas han empleado los ejércitos y uno de los puntales de las tropas de todos los tiempos (excepto las islámicas), al menos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. El alcohol se ha empleado como anestésico, estimulante, relajante y fortalecedor. No se entiende el imperio británico, por ejemplo, sin el ron que se daba a los marinos y soldados, ni el ejército ruso sin el vodka. En Chechenia, los soldados rusos llegaron a canjear blindados por cajas de vodka.

Actualmente, es conocido por parte del ISIS el uso del captagón (fenetilina) y de la utilización por parte de los estadounidenses de un psicoestimulante de nueva generación, muy eficaz para combatir la fatiga y la privación del sueño.

En su repaso de la historia, el autor hace referencia a los guerreros griegos (que consumían opio disuelto en vino), a los asesinos nizaríes de Alamut que consumían hachís, y a los luchadores germanos y escandinavos que tomaban Amanita muscaria o A. pantherina, setas que también tomaban los tártaros.

Hace referencia también a Napoleón, que se vió obligado a tomar medidas drásticas contra el hábito de consumir hachís de sus tropas en Egipto o a la epidemia de adicción a la morfina que provocó la Guerra de Secesión estadounidense.

En las guerras coloniales, la élite guerrera zulú utilizaba dagra, variedad sudafricana euforizante del cannabis.

En cuanto a la Primera Guerra Mundial, fue la contienda de la cocaína, que consumían los pilotos de caza alemanes, se administró a los soldados australianos en Galípoli y se suministraba regularmente en general a las tropas británicas en forma de grageas.

La Segunda Guerra Mundial fue la del speed y la meta de la Wehrmacht, comercializada como pervitin. Pero en realidad todos los ejércitos emplearon las anfetaminas, excepto las tropas finlandesas, colocadas hasta las cejas con heroína, morfina y opio. En esta guerra, los únicos tradicionales fueron los soviéticos, que siguieron fieles al vodka y la valeriana.

Durante la Guera Fría se buscaron sustancias para colocar al enemigo, como el polvo de ángel, experimentado a menudo en soldados propios y en civiles sin que estos lo supieran.

La guerra del Vietnam sería la primera verdadera guerra farmacológica, con un consumo entre las tropes norteamericanas que alcanzó cotas inusitadas. En 1973, año de la retirada de EE UU del país, el 70 % de los soldados tomaban algún estupefaciente, fuera marihuana, dexedrina, heroína, morfina, opio, sedantes o alucinógenos.

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