Hay una pregunta que se han hecho muchos filósofos y pensadores y que de algún modo se la hace todo el mundo, consciente o inconscientemente: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo nos gustaría vivir? ¿En qué consiste la felicidad? ¿Qué es lo que realmente queremos?

Muchas respuestas pasan por el hecho de que el deseo de la mayor parte de la gente es ser feliz, vivir feliz. Otra cosa es intentar determinar qué significa o en qué consiste ser feliz. Y consecuentemente, preguntarnos por qué tanta gente acaba confundiendo felicidad con diversión o ausencia de malestar. Y no sólo esto, sino reflexionar asimismo sobre el hecho de por qué, cuando nos divertimos, también estamos generando un plus de estrés.

Somos una sociedad para la que la diversión es una de las cosas más importantes. Y realizamos un montón de actividades con el propósito de que sacien nuestro deseo de pasarlo bien. Pero en muchos casos, los valores del mundo de trabajo han invadido también el tiempo libre, haciendo también que muchas actividades de ocio se orienten más al logro de metas que a la creatividad y al juego. Realizamos estas actividades, en muchos casos, no por mera diversión sino para lograr o ganar algo: mejorar nuestro último récord, superar el de otra persona, hacer contactos comerciales o rebajar peso. Aunque estos objetivos no sean criticables, no reemplazan a la genuina diversión.

Pero si nuestras actividades de ocio se dirigen al logro de algún objetivo, no podemos dejarnos llevar por ellas como para divertirnos realmente. Estaremos demasiado pendientes de lo que hacemos, de cómo lo estamos haciendo, de cómo nos perciben los demás, etc.

Divertirse se ha convertido en parte de nuestra imagen más que de una verdadera experiencia de vida. Los medios de comunicación nos bombardean con imágenes que parecen indicar que todo el mundo se lo pasa en grande. En la televisión, los famosos aparentan eterna felicidad y en la publicidad los modelos derrochan vitalidad y placer, o se reúnen grupos de amigos a tomar cerveza en la playa en un clima de extrema felicidad. Las personas cuyas vidas no son tan felices no pueden sino pensar que las de los demás sí lo son, por lo que sienten aún más aisladas. Parte de ser una persona de éxito, al parecer, es estar siempre divirtiéndose. Y si esto no sucede es porque uno tiene alguna carencia.

Pero nuestra desenfrenada búsqueda de aparente placer encubre una suerte de desesperación. Más que una sociedad excesivamente ávida de placer, es muy posible que busquemos desesperadamente un respiro en el implacable exigencia de ejecutar, lograr, sobresalir y auto vigilarse que nos impone un estilo de vida exigente, acelerado y sujeto a horarios.

Este anhelo tan arraigado de encontrar una solución rápida es una de las razones de la epidemia de adicciones. Un tratamiento de adicciones eficaz pasa por la reflexión sobre el ritmo y los objetivos que tenemos en nuestra vida.